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jueves, 1 de marzo de 2012

Monòleg Atur

ELL: M'he quedat a l'atur. Em sento com si estigués a l'altre costat de la vida. Aquest altre costat m'està venint una mica gran i la majoria dels dies ho trobo molt dur, molt fred. Alguns matins, només aixecar-me, miro per la finestra i els carrers tenen un tint de llàstima. Al principi penses: seran només uns mesos. Fins i tot t'ho diuen els amics i t'aconsellen que ho prenguis com unes vacances ben guanyades. Passats aquests mesos vacacionals, penses: I si això dura molt més? I gairebé sense voler, comences a sentir-te com el funàmbul a la corda fluixa. Bastant confós i amb un acusat sentit de culpabilitat.

Estic a l'altre costat dels que cobren la nòmina al seu compte corrent, però al mateix dels que anem al mercat a comprar perquè cal esprémer l'economia fins a l'última gota de suor. Aquest altre costat té moltes hores buides però repletes de pensaments pessimistes que no condueixen a cap lloc. Té de bo que passeges, gaudeixes del sol o de la pluja, veus aspectes de la vida que la pressa t'impedia observar, i que converses amb molta gent dispar en les cues de les entrevistes laborals, persones amb les quals abans mai haguessis creuat ni una salutació. Ens expliquem les nostres vides. Fins i tot pots arribar a sortir reconfortat, encara que no t'hagin donat el treball, perquè sempre hi ha algú pitjor que tu en qualsevol costat de la vida.

miércoles, 10 de marzo de 2010

AUTOESTIMA

¿Qué es lo que hace que, siendo uno siempre el mismo ser, hay veces que te miras al espejo y te ves ideal de la muerte súbita y otras como un truño caducado? Es lo que se llama estar con el feo subido o con el guapo subido. Sí, existe. Y nadie se lo ve mejor a uno mismo, que uno mismo. Te levantas, te miras al espejo y ya sabes si estás guapo, feo o mediopensionista. La lástima es que cuando estás con el guapo subido tampoco es que el espejo te devuelva la imagen de George Clooney. Pero cuando estás con el feo subido… entonces sí. Sí. Sí. Sí. Sí. El reflejo que ves es el de Benny Hill, el del Calatrava, o el de una de las hijas de Zapatero, o el del mismo zapatero. Y no sabes si llamar al trabajo y decir que no vas porque estás enfermo (porque si vas a trabajar con el careto que llevas lo más normal es que lo piensen).

El día depende mucho de si estás con el guapo o con el feo subido. Con el guapo subido encaras el día con la cabeza bien alta, la sonrisa puesta, el paso firme (como esa canción de Seguridad Social). Parece hasta que las cosas salen bien. Sin necesidad de tomar donuts ni nada por el estilo. Todo por la gracia del cuerpo. Con el feo subido, te maqueas el careto de mil formas imaginables: crema hidratante, peinas hacia un lado y a otro, te afeitas… y siempre acabas pareciéndote a uno de los personajes de Rubbens. Te pruebas todo el armario y acabas con un chándal. Y tienes ideas suicidas. No por el chándal, sino por el mismo hecho de tener el feo subido.

Es cierto que los que te rodean no son conscientes de tu percepción de la propia belleza. Por muy picassiano que te sientas, ellos no lo ven. No ven que estés más guapo o más feo de lo normal. De hecho, cuando dices eso de “joder, hoy estoy con el feo subido” siempre hay quien te dice eso de “¡anda ya!”. Claro que, en mi caso, cuando estoy con el guapo subido tampoco lo comento, y no para que no me llamen engreído, presumido o creído y carente de modestia. No. No lo comento para que no me digan eso de “¡Anda ya!”.

domingo, 13 de diciembre de 2009

fragmento de monologo bodas y amigas

Mi amiga J se ha casado. Los hechos ocurrieron el fin de semana pasado. Y todas nosotras, antiguas compañeras de trajín nocturno, sus secuaces en los “ires y venires” de la farra, fuimos cómplices de su firma y aceptación, con despliegue de sonrisa, todo hay que decirlo, del contrato de exclusividad. Y estaba guapa, la tía. La que no se iba a casar nunca. ¡Ja! Llevaba un vestidín que eso no se piensa de un día para otro, no. Ese vestido era muy pensado. Probablemente era el diseño de un vestido que comenzó a fraguarse al mismo tiempo que sus granos adolescentes. A mí me va a engañar ésta!

Flores. Abalorios. Damas de honor. Ceremonia lacrimógena y más de una como yo, pensando: Otra que ha caído. Pero ha caído ¿dónde? ¿en las terribles llamas del matrimonio? ¿en la maloliente trampa de la rutina? ¿En la inevitable cloaca de la fidelidad? ¿o más bien ha caído en la cuenta de que se le estaba pasando el arroz? Ha caído en la cuenta de que le sobran los dedos de una mano para contar los años en los que es viable reproducirse y que sus retoños lleven el apellido del padre. Tal vez ha caído en la cuenta de que o se lanza ahora o está destinada a hormonarse como un pollo de supermercado para dar a luz una linda parejita de gemelos.

En definitiva, que mi amiga J, la que no se iba a casar nunca, se ha casado. Y nosotras, nos hemos quedado un poco desconcertadas. Porque claro, cuando somos más las solteras que las casadas nos sentimos del lado de la cordura. Pero cuando la cosa empieza a darse la vuelta, cuando todas tus amigas se lanzan al bodorrio y tú te lanzas al facebook a hacer amigos… ay.

Mi madre dice que es una chorrada de veinteañera. Vamos, que ya nos vale seguir a los treinta con esa conciencia absurda de la pandilla. Luego va y mi madre se pide una ración doble de tarta de chocolate y se la zampa sin asomo de culpa. “Total, ya estoy casada” dice, que claro, tiene setenta años de edad y cuarenta y dos de matrimonio.

domingo, 6 de diciembre de 2009

CHICLES Y RELACIONES

Escribo textos para un futuro montaje sobre el amor y las relaciones. Este es el monólogo de presentación de una de las chicas.

ANA
Mascar un chicle con azúcar y vivir en nuestras carnes una relación vienen a ser lo mismo. Y no es que a una servidora le ciegue la diabetes, sino que la metáfora funciona.Me explicaré usando una de esas bombas de relojería con las que los niños hipotecan su futuro a favor de los riñones de los dentistas: el chicle.

Imaginemos uno de esos chicles bien azucarados. A los que tengan treinta (y tantos),y comiesen chucherías de criajos, les vendrá a la cabeza el chicle BANG BANG. Los que ahora tenemos treinta (y tantos) y seguimos comiendo chuches se nos ocurre pensar en esos meloncitos tan de moda ahora, rellenitos de pica-pica. Son grandes y jugosos. Y como diría un somelier pijo de un buen vino, te cosquillean el paladar, son un estallido de sabores con cierto regusto final refrescante. En cuanto al aroma, son también poco discretos. Como son de melón o sandía, el pestuzo se adivina a cientos de kilómetros a la redonda. Y así, tal cual, son al principio las relaciones.

Tienen sabor, y mucho. Endulzan. Incluso demasiado. Dan envidieja al personal, porque anda que no jode ver al de al lado comiéndose un chicle y que tú no tengas. y además, como la peste melonera, tampoco se pueden esconder. Ustedes miren a la cara de dos enamoraos de reciente estreno. La cosa canta más que los colorantes de los risketos (por aquello de seguir hablando de chuches).

pero. Pero, pero... Ay, amigos. Melones y relaciones, chicles y amores, resisten mal el paso del tiempo. El otrora manjar azucarado chispeante de sabor, se convierte en una goma insulsa que te jode la dentadura. Y ahí te quedas, masticando la nada. El otrora vendaval de emociones y pasiones deviene en una leve brisilla, que por no provocar no provoca ni un resfriado. y ya saben, ahí te quedas, con tu relación, masticando la nada.

¿Y qué suele ocurrir en ambos casos? Pues que añoras el sabor del melón. Que suspiras porque vuelva la relación. y sólo hay una manera de no estar tan faltuca: echarte uno nuevo a la boca.