jueves, 18 de marzo de 2010

PETRONILA'S








Poco a poco se van acercando las fechas de los diferentes estrenos...

domingo, 14 de marzo de 2010

ESCRIBO COMO ESCRIBO

Esta mañana me encontré con varias personas para desayunar. El encuentro fue bastante distendido, a pesar de la "pedantería" que llegué a ver en el ambiente (¿Cómo se puede llegar a tan alto nivel?). Hablamos de varias cosas, bueno, más bien dejaba hablar y escuchaba. LLegado el momento hablamos de la representación "El ball", con la que disfruté anoche (ESPECTACULAR!) El caso es que entramos a hablar del teatro que se hace en Ibiza. Y empezaron con sus demonizaciones o satanizaciones. Algunos puntos de vista son fundamentalmente malos y nocivos, pero no entro a juzgarlos. Sus opiniones son respetables, como lo es la mía. Tampoco pretendo hablar de las representaciones que se presentan en la isla. Personalmente, suelo disfrutar mucho del teatro que se hace en casa. Luego están los pequeños desacuerdos en cuanto a montajes, textos... pero en general, creo que debemos apoyarnos bastante los unos a los otros.



El caso es que una de esas personas me acusaba de escribir siempre lo mismo y sobre lo mismo. "Es que tu teatro es muy tosco. Siempre buscas la comedia". Estuve escuchando y pensando qué había de malo en escribir comedias. "Buscas un público fácil". Entonces le pregunté:
- ¿Tan vulgar te parezco? ¿Te parezco chabacano?
- No, pero haces un teatro para el pueblo. No te arriesgas.

Empezamos a discutir sobre la finalidad de hacer teatro. En mi caso es divertirme y divertir. Siempre hay límites que no queremos traspasar, pero... ¿tan malo es escribir algo con lo que entrener al gran público? Sé muy bien que mis comedias no ganarán un Cervantes u optarán al nobel, tampoco lo pretendo, pero consiguen que la gente salga despreocupada. Siempre lo he dicho, busco que la gente se libere mediante la risa. No hago filosofía ni intento hacer una didáctica de la vida.




Soy el primero que entiende y sabe que mis comedias son un puro divertimento. No tienen una categoría literaria, son lo que son: comedias. Hablar sobre la resurrección de una gallina, montar una agencia matrimonial, o llenar un piso con personajes "superhormonados" son las excusas para hacer reír y pasar una tarde. Escribo como escribo. A veces pensando en mi familia, en lo que haría reír a mi abuela si pudiese venir a vernos, otras veces escribo desde los desastres cotidianos que me suceden, y la mayoría de las veces desde mi imaginación libidinosa. No escribo comedias para "gafasdepasta" ni "críticos".


Seguiré escribiendo comedias con las que hacer reír a la gente. Y el que no quiera pasarlo mal, pues que no venga.

viernes, 12 de marzo de 2010

EJEMPLO POLÍTICO, OLE

Hace unos días leí que Nana Mouskouri, esa mujer que parece llevar toda una vida vestida por Sófocles, ha renunciado a su jubilación que percibe como ex europarlamentaria, como gesto de solidaridad y de ayuda a las arcas de Grecia, ante los recortes en gastos públicos que el gobierno socialista de Atenas está adoptando. No renuncia de por vida, ojo, SÓLO hasta que el país salga de la crisis. Pero claro, aquí en España estamos tan acostumbrados a que los que más tienen le quiten el dinero a los que menos ganan para salir de la crísis, que claro, gestos como estos nos parecen hasta ejemplares. No negaré que me encanta que sea la Mouskouri la que venga, con sus gafas y ese peinado, a dar ejemplo. Receurdo las canciones que grabó, que mio padre tenía y ponía una y otra vez, con esa voz que me disparabba el colesterol.

Y me pregunto ¿No podría hacer lo mismo Luís Cobos o Ramoncín con su pensión de la SGAE? (Sí, ya sé que es demagógico, pero también se merecen este giro).

miércoles, 10 de marzo de 2010

AUTOESTIMA

¿Qué es lo que hace que, siendo uno siempre el mismo ser, hay veces que te miras al espejo y te ves ideal de la muerte súbita y otras como un truño caducado? Es lo que se llama estar con el feo subido o con el guapo subido. Sí, existe. Y nadie se lo ve mejor a uno mismo, que uno mismo. Te levantas, te miras al espejo y ya sabes si estás guapo, feo o mediopensionista. La lástima es que cuando estás con el guapo subido tampoco es que el espejo te devuelva la imagen de George Clooney. Pero cuando estás con el feo subido… entonces sí. Sí. Sí. Sí. Sí. El reflejo que ves es el de Benny Hill, el del Calatrava, o el de una de las hijas de Zapatero, o el del mismo zapatero. Y no sabes si llamar al trabajo y decir que no vas porque estás enfermo (porque si vas a trabajar con el careto que llevas lo más normal es que lo piensen).

El día depende mucho de si estás con el guapo o con el feo subido. Con el guapo subido encaras el día con la cabeza bien alta, la sonrisa puesta, el paso firme (como esa canción de Seguridad Social). Parece hasta que las cosas salen bien. Sin necesidad de tomar donuts ni nada por el estilo. Todo por la gracia del cuerpo. Con el feo subido, te maqueas el careto de mil formas imaginables: crema hidratante, peinas hacia un lado y a otro, te afeitas… y siempre acabas pareciéndote a uno de los personajes de Rubbens. Te pruebas todo el armario y acabas con un chándal. Y tienes ideas suicidas. No por el chándal, sino por el mismo hecho de tener el feo subido.

Es cierto que los que te rodean no son conscientes de tu percepción de la propia belleza. Por muy picassiano que te sientas, ellos no lo ven. No ven que estés más guapo o más feo de lo normal. De hecho, cuando dices eso de “joder, hoy estoy con el feo subido” siempre hay quien te dice eso de “¡anda ya!”. Claro que, en mi caso, cuando estoy con el guapo subido tampoco lo comento, y no para que no me llamen engreído, presumido o creído y carente de modestia. No. No lo comento para que no me digan eso de “¡Anda ya!”.

sábado, 6 de marzo de 2010

De por qué no me comprometí aún

Hay días en los que me culpabilizo por todo, pero más concretamente por mis emociones y elecciones. Cuando escucho el discurso social de la necesidad de vivir en pareja y la desafortunada soledad, me siento incorrecto; cuando me dicen que a estas alturas de la vida debería de haber sido capaz de comprometerme con una mujer de por vida, cuando me acusan de estar perdiendo el tiempo con mi propio camino, están poniendo piedras en mi mochila, en una mochila que a veces ni llevaba puesta. Normalmente, mi primera reacción es culpar al azar. Sí, es cierto que no creo en el azar, pero en estos momentos mi tendencia es preguntarme ¿Qué culpa tengo de que las mujeres que más me han atraído hayan escogido siempre opciones más… simples? Después de esta pregunta, caigo en la cuenta de que me sobrarían los dedos de una mano para contar las mujeres que me han interesado más allá del erotismo. Siendo así la cosa, que se produzca una serie de oportunidades es arduo y tiene algo de inexacto.

Pero no dejaré que caiga toda la culpa sobre el azar, porque estaría ignorando la voluntad, mi voluntad. Y cada uno de nosotros construye su propia vida. Y reducida la existencia a aquellas situaciones que somos capaces de citar, a una metáfora contradictoria de dolor y vida, definiendo las fronteras del hacer y del azar, lamento haber negado tantas evidencias. Yo navego rasgando el pétalo carnal del tiempo y de las rosas (el carpe diem de los antiguos) y me siento bien.

Me toca los huevos, y perdón por la expresión, que se juzgue mi decisión y no se entre a valorar toda esa retórica de chantajes emocionales que suele generar la convivencia en pareja (por poner un ejemplo). No entraré a valorar la vocación de esclavitud que he visto en otras personas: espíritus débiles y oscuros capaces de soportarlo todo por estar con alguien, para poder culpar a alguien de sus errores. Yo prefiero mi libertad, la que me deja solo ante los fracasos.


No me entendáis como un apologista del amor, ni mucho menos, sino de las prioridades sociales sobre las relaciones humanas. Si no me he comprometido con nadie, es porque vi que ese amor no me curaría, no me haría crecer. Creo más importante el hecho mismo de querer que no la apariencia social de este amor, con esa supuesta estabilidad que otorga a la vista de todos. Tal vez sea un poco barroco y neurasténico con tanta paja mental. Pero de momento, prefiero la condena de mi libertad a las carceleras que quisieron habitar mi celda.

De momento, mi idea del paraíso existe como una habitación en la que alguien ha puesto unas flores, a las que a unos atrae por su olor y a otros nos hace pensar en la fragilidad del tiempo.

lunes, 1 de marzo de 2010

Memòria de nàufrag

Salgo a correr por la playa y veo unas redes sobre la arena. No puedo resistirme y las fotografío. Son una imagen de algo que había escrito antes.


Memòria de nàufrag aferrada a unes xarxes.
Mirada confusa que ha tancat
les seves fronteres a altres mans.
Un miratge amarg sobre la sorra.


Es van trencar les armellades que els unien,
i ara, espectre incessant,
són aquest esquinçall d'ultramar
que olora un ca.


Entre els fils queda una penombra feta verb.
Embullats per la tempesta
desvetllen el lament del que van enllaçar:
la memòria del nàufrag corsecada al sol.

domingo, 28 de febrero de 2010

MINUTO DE SILENCIO

Esta navidad, mis alumnos me regalaron una pequeña obra de arte. Si es que una obra de arte puede ser pequeña. Un libro lleno de vida, confidencias y dolor. Una vida inquieta, íntima, intensa. Al igual que con las grandes obras cinematográficas, en literatura nos quedamos con cuatro variables: Amor y desamor, vida y muerte. Estas variables se llenarán de matices, de emociones, de historias… pero en definitiva, siempre dan vueltas a estos temas. A los anhelos y angustias del hombre. ¿Y qué mayor anhelo que el amor, su deseo, su pasión? ¿Qué mayor angustia que perder ese amor, sentir la soledad, esa oquedad que queda cuando la persona que más quieres se va, o se muere?

El escenario de esta exquisita novela, de un autor que ha cumplido los ochenta y dos años, es una pequeña ciudad llamada Hirtshafen en la costa del Báltico, en los tiempos en que estaban «todavía de moda Benny Goodman y Ray Charles». En el vestíbulo del instituto de bachillerato se está guardando un minuto de silencio en memoria de Stella Petersen, una joven profesora de inglés que gozaba de simpatía general. La novela volverá a hacer varias visitas a la ceremonia, alternándolas hábilmente con el informe que Christian, de dieciocho años, rinde sobre su amor de verano con su profesora.



Minuto de silencio es una novela conmovedora sobre el amor juvenil, y no simple fanfarronería adolescente por parte de Christian. Su amor no podría haber continuado, eso es evidente, pero el modo en que Christian da cuenta de todo al recordar lo que Stella significó para él es verdaderamente apasionante, y el retrato de Hirtshafen, sus vistas del mar y su ribera es una parte esencial de la atmósfera que transmite la novela.

La vida es un continuo enamorarse, una sucesión de actos de amor (o desamor). La vida es la caricia que nosotros mismos queremos ser, o que en determinado momento hemos sido y que la literatura -y la propia vida- transforma en elegía o en tragedia. Minuto de silencio es un relato breve y sencillo: esencial para la biblioteca de quien se considere un lector reflexivo. De alguna forma nos incumbe a todos. Es una historia narrada con más silencios que palabras; sugiriendo más que relatando. En un determinado momento el director Block le dice a Christian: -“En ocasiones aquello que callamos, Christian, tiene más trascendencia que lo que decimos. ¿Entiende usted a lo que me refiero?”. Y el lector inteligente de esta novela lo entiende y lo sabe apreciar así. Sugerir el don y la inquietud y la sensualidad. Un detalle basta: un roce, el color de un bañador, o el azul y amarillo de su vestido de playa, una simple fotografía… O una frase: “Quiero saberlo todo de ti”. O una mirada: “En tu mirada buscaba lo que necesitaba o creía necesitar: la dicha de un contacto repentino, la alegría que exigía una repetición”. El amor: una continua necesidad de asombros y promesas.

En una entrevista, Lenz contó que la muerte de su mujer, que contaba cincuenta y seis años, le afectó de tal manera que tras unas pocas páginas del libro empezó a sufrir el "bloqueo del escritor". Por suerte se recuperó, y así ha logrado este buen intento de dar respuesta a la célebre petición de Auden: «Dime la verdad sobre el amor». Minuto de silencio es una bella reflexión sobre el amor imposible, por uno de los grandes escritores alemanes. Un relato contado con exquisita delicadeza. Lo trágico, lo solemne, lo importante ocurre -en ocasiones- en los momentos más sencillos como en ese minuto de silencio de despedida. Ese instante en que todo cobra un sentido especial, una marca del destino, un segundo eterno en el que llega la claridad de la pérdida. El protagonista, Christian, madura al tiempo que pierde la cabeza por un amor imposible. ¿Quién no ha vivido una historia parecida?